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domingo, 1 de noviembre de 2009

TODOS LOS SANTOS SE LLAMAN HALLOWEEN

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El día de Todos los Santos es una tradición cristiana instituida por el papa Urbano IV en honor de todos los santos, conocidos y desconocidos. Se venera a todos los santos que no tienen una fiesta propia en el calendario litúrgico , para compensar cualquier falta de atención por parte de los fieles.






La fiesta de Halloween tiene origen celta y arraigo antiguo en la Península Ibérica bajo diversas formas. Fue llevada a los Estados Unidos por los emigrantes irlandeses. Durante años la tradición se perdió en Europa, y su versión actual está «reimportada» con sorprendente éxito.





La celebración celta del del Samhain es una comunión con los espíritus de los difuntos que, según la tradición, en esta fecha tenían autorización para caminar entre los vivos, dándoles la oportunidad de reunirse con los muertos. Para mantener a contentos a los espíritus buenos, y alejar a los malos, se dejaba comida fuera de la casa. La tradición evolucionó a lo que hacen ahora los niños yendo de casa en casa pidiendo dulces: "truco o trato".




El calendario galo dividía el año en dos mitades: la mitad oscura comenzando en el mes de Samonios (lunación octubre-noviembre), y la mitad clara, comenzando en el mes de Giamonios (lunación abril-mayo). Se consideraba que el año comenzaba con la mitad oscura, así Samonios se convertía en el año nuevo celta.






Todos los meses comenzaban con la luna llena y la celebración del año nuevo tenía lugar durante las "tres noches de Samonios", la luna llena más cercana entre el equinoccio de otoño y el solsticio de invierno. Las lunas llenas marcaban el punto medio de cada mitad del año durante las cuales se celebraban fiestas.





Huesos de santo, buñuelos y panellets











Cultura de ida y vuelta

martes, 21 de agosto de 2007

...QUE EUROPA ERA MUY GRANDE...


Mi barrio ha cambiado demasiado en los últimos años. Y digo últimos, porque durante todos los anteriores cambiaba poco a poco. Castizo y muy poblado, los niños, los de la amplia edad del pavo, los mayores y los viejos, tenían sus horas de calle y sus motivos para estar en ella y ocuparla, según los agridulces mandatos de la antigua y querida cultura vecinal: el juego, el tonteo, los asuntos domésticos, las compras, y la necesidad vespertina de sentarse en la puerta en verano, o en los bancos de la calle principal en invierno.

Hace años que no vivo allí. He visto ocasionalmente como habían cambiado las tiendas de toda la vida y mutar -faldas por polleras- lo que en ellas se vendía. Ahora, cerca de la Glorieta, los jóvenes y jóvenas latinos bailan rap al son de una música demasiado alta para los viejos vecinos, en el mismo sitio que antes se sentaban los jubilados a ver pasar las mujeres ida y vuelta del mercado, y rodar la vida en los Cuatro Caminos.

En la última caminada, un sábado de puente de agosto a las tres de la tarde no esperaba cruzarme con nadie (religiosa hora de comida, sagrada hora de siesta) en el trayecto del íntimo paseo que me gusta hacer andando, y que cada vez me trae recuerdos distintos, según la estación del año, o según dónde se me vayan los ojos: conozco (conocía) esas aceras como la palma de mi mano…colegio, instituto, facultad…

Pues llena de gente. De gente de otros países, digo; sin casi temor a equivocarme, yo era la única nativa andante. En “otros países” no debe tener significado cultural “sábado de puente de agosto a las tres de la tarde”, aunque la balacera del sol meseteño alcance a moros y cristianos.

Pues iba yo pensando en los telenoticias y en las pateras. Nunca sale que nadie cruce el Atlántico entero en patera, ni sale como llegan a éste país tan pasao pa la punta los muchos, muchísimos, europeos del Este del mismo color que el personal autóctono, indetectable al ojo humano comunitario. Una tontería de dudas, destino aeropuerto, para pasar una tarde-noche aunque no me hiciera falta: una amiga me pidió que la acompañase a recoger a su hijo, que venir vía Buenos Aires, en Iberia, con un abono de ocho días de hotel, y el metálico turístico estipulado, no resulta siempre garantía suficiente para evitar un retorno -aleatorio- a origen más que dramático, y un español/a en la plaza -aeroportuaria- salva la faena.

Incluida en un grupo divertido (soy transcultural a tope, amiga de ilegales, encubridora de emigrantes) apuntaba mentalmente que lo de “sábado de puente de agosto a las tres de la tarde”, es tan relativo como el “yo soy más blanco que” para ligar con seguridad y orgullo. Vengo a la realidad: tengo una amiga del Paraguay, a tal hora he comido yuca con pollo y bebido tereré, y estoy aquí porque ella es importante para mí y hoy es feliz; me mezclo en risas con tres nacionalidades, y contamino mi español de guiños y garabatos. A éste aeropuerto llegan cientos de aviones diarios llenos de gente que viene a quedarse, -como el hijo “turista” de mi amiga- y que nunca ocuparán el boleto de vuelta, hasta que tengan papeles -“tres años es poco”-, me dicen. O sea, que los emigrantes que llenan mi barrio, -mil por kilómetro cuadrado-, llegan - mil por hora- en aviones y a Barajas, pero al no salir en los informativos, nadie los ve, nadie los cuenta.

Opino sobre la emigración, -más o menos lo que todo el mundo- y hablo sobre los emigrantes que conozco: tienen trabajos, horarios, y jefes que dudosamente soportaríamos los nacionales, aguantan picarescas de propios y extraños que ni imaginamos los lugareños, y viven emocionalmente en la ley del oeste sin recurrir a doctor ni confesor, y sin las exigencias estéticas de esbeltic mode.

En el mero mero, es la ilusión por vivir lo que les convierte en superhéroes, botados gracias a sus pinches gobiernos en el seno de una sociedad laxa en el bienestar de valores inertes y transnacionales del norte del Río Grande, y se me viene aquello de los bárbaros y el imperio romano. Puta la güevá. Lo mismo mi nostalgia castiza puede resultar perjudicial para el barrio, para el país, y para el futuro de la Comunidad –de vecinos- Europea.

http://www.elmundo.es/mundodinero/2007/08/20/economia/1187612932.html